Según la Encuesta Nacional de Patrones de Actividad Humana (NHAPS) de Estados Unidos, pasamos aproximadamente el 90% de nuestro tiempo en espacios interiores.
Puede parecer una cifra exagerada, pero si lo pensamos un momento empieza a tener bastante sentido.
Pasamos muchas horas en el trabajo, y una gran parte del resto del día transcurre en casa. Dormimos, cocinamos, descansamos, pasamos tiempo con la familia, vemos una película, leemos o simplemente paramos un momento después del ritmo del día.
En los últimos años, además, muchas personas han incorporado el teletrabajo, lo que ha hecho que el tiempo que pasamos dentro de casa sea todavía mayor.
Si el espacio en el que vivimos tiene tanta presencia en nuestra vida cotidiana, quizá merece la pena hacerse una pregunta sencilla:
¿Nuestra casa se adapta a nosotros o somos nosotros quienes nos adaptamos a ella?

Casas pensadas para todos… y para nadie en concreto
Muchas viviendas provienen de promociones inmobiliarias estandarizadas.
Espacios pensados para un tipo de familia genérico, con distribuciones que se repiten una y otra vez independientemente de quién vaya a vivir después en ellas.
Cuando compramos una vivienda solemos hacer un gran esfuerzo económico, y muchas veces después de esa inversión ya no queda margen para realizar una reforma que adapte el espacio a nuestras necesidades reales.
Con el paso del tiempo ocurre algo curioso: sin darnos cuenta empezamos a adaptar nuestras rutinas a la casa.
A veces son pequeños detalles que parecen insignificantes.
Retrasos en las rutinas diarias porque la casa no fluye bien…
Falta de almacenamiento y acumulación de objetos…
Dificultad para compartir ciertos momentos porque los espacios están demasiado separados…
No poder ver a los niños mientras cocinamos…
Espacios que obligan a hacer recorridos innecesarios una y otra vez…
Son pequeñas incomodidades que se repiten todos los días.
Y con el tiempo terminamos normalizándolas.

Cuando el espacio acompaña la vida
Un hogar debería funcionar de otra manera.
El espacio debería acompañar nuestras rutinas, nuestros ritmos y nuestra forma de vivir.
No se trata de seguir modas ni tendencias.
Se trata de algo mucho más simple: que la casa tenga sentido para las personas que la habitan.
Cada familia es diferente.
Cada hogar tiene sus dinámicas.
Cada persona vive el espacio de una manera distinta.
Por eso, cuando un espacio está bien pensado, muchas pequeñas fricciones desaparecen.
Y la casa empieza a sentirse, por fin, como lo que debería ser desde el principio:
un lugar que realmente funciona para quienes viven dentro.
