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La vuelta al cole… y todo lo que acumulamos

Llega septiembre y con él la vuelta al cole, la guardería, la universidad, la oficina… la rutina.

Para muchas personas también es el momento de comprar cosas nuevas: estuches, mochilas, fiambreras, libretas.

Yo fui la primera.

Siempre me encantó estrenar a cada inicio de curso: el estuche, la mochila, las carpetas, los bolígrafos. Lo vivía casi como un ritual.

Hoy, más de veinte años después, todavía guardo muchas de esas cosas… casi intactas.

Y a veces me hago una pregunta sencilla:

¿De verdad vale la pena acumular tanto?

¿Vale la pena llenar nuestras casas de objetos que nunca usaremos?
Bolis que no tenemos vida para gastar.
Libretas con tapas de plástico.
Archivadores, mochilas, estuches… que terminan en cajas acumuladas en un desván.

Nuestros hogares también se construyen con nuestras decisiones de compra.

Y llega un momento en el que uno siente la necesidad de parar. De echar el freno.

Dejar de comprar por inercia.
Dejar de acumular.

El peso silencioso de los objetos

En mi caso todavía me cuesta desprenderme de muchas cosas.

Por apego.
Porque me costaron dinero.
Porque siguen nuevas.
Porque pienso que “algún día” las usaré.

Y también porque tirarlas me duele. Siento que estoy contribuyendo a otro problema: el de los residuos que terminan en vertederos, el de un planeta cada vez más saturado de cosas.

Pero lo cierto es que cada objeto no utilizado pesa doble:
ocupa espacio en casa y pesa en la conciencia.

Yo, por ejemplo, tengo cajas y cajas de lápices de colores, bolígrafos, rotuladores, estuches que nunca utilizo, carpetas de plástico, portaminas de todos los calibres, reglas, escuadras y cartabones de todos los tamaños.

Muchos comprados.
Otros heredados.
Todos prácticamente nuevos.

Y sé que no tengo vida para gastarlos.

Lo que guardamos también cuenta nuestra historia

No sé si es una etapa distinta o si ha sido la reciente mudanza, pero cada vez siento más claro que no necesito muchas de esas cosas.

Aun así, desprenderme de ellas no es tan fácil.

Porque en el fondo esos objetos representan algo más: tiempo, dinero invertido, recuerdos, personas o lugares a los que todavía me atan.

Es fácil hablar de empezar de cero.

Pero la realidad es que detrás de cada casa hay años de objetos acumulados, de compras impulsivas, de recuerdos y de cajones que poco a poco se fueron llenando.

Consumir con más conciencia

Lo curioso es que sigo emocionándome cuando entro en una papelería.

Sobre todo en esas llenas de bolígrafos de todos los colores, papeles, sobres, sacapuntas o gomas.

Pero ya no compro.

Sé que no lo necesito.

Y no digo que haya nada malo en disfrutar de ese mundo o incluso coleccionarlo.

De lo que hablo es de tomar decisiones conscientes.

Porque también ahí están los materiales que llenan nuestras casas: en esas libretas, en esos bolígrafos, en esas fundas transparentes. Objetos que se acumulan y que rara vez desaparecen por sí solos.

También me pasa con los libros

Con los libros me ocurre algo parecido.

Tengo muchísimos: comprados, regalados, heredados, de temáticas muy distintas.

Hace poco descubrí que soy multipotencial, y quizá eso explica parte de esa acumulación.

Pero muchos de esos libros ya no me interesan.
Otros están desfasados.
Algunos pertenecen a personas de mi pasado.

Y parece que, si me deshago de ellos, estoy cortando un vínculo definitivamente.

Sin embargo, también necesitamos hacer espacio para lo que somos ahora.

De poco sirve tener una casa con estanterías de madera, paredes pintadas en cal y ventanas abiertas cada día… si esas estanterías están llenas de objetos que ya no hablan de quién somos.

Al final también pesan.
Y también ocupan espacio mental.

Un hogar también se construye con lo que dejamos salir

A veces se habla de reiniciar un hogar como si fuera algo sencillo.

Borrar y empezar de cero.

Pero la realidad es mucho más compleja.

Construir un hogar más consciente no consiste solo en elegir materiales naturales o evitar ciertos productos.
También implica revisar nuestra relación con los objetos.

Aprender a vivir con lo esencial.
Soltar lo que ya no necesitamos.
Dejar de alimentar la rueda del consumo automático.

Quizá la verdadera vuelta al cole no está en estrenar mochila.

Tal vez esté en recordar algo mucho más simple:

Cuidar lo que ya tenemos,
dejar de acumular
y elegir con más conciencia cada objeto que entra en casa.

Porque nuestros hogares también se construyen a través de nuestras decisiones.

Y cada una de ellas cuenta.