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Cuando empecé a ver las casas de otra manera

No sabría decir exactamente cuándo cambió.

Durante mucho tiempo miré los espacios como se suelen mirar. Me fijaba en la distribución, en los materiales, en los acabados, en cómo encajaba todo. Era casi automático. También pasé años muy metida en ese mundo, al día de tendencias, ferias, revistas… todo giraba en torno a cómo debía ser un espacio y a cómo debía verse.

Y, en cierto modo, tenía sentido.

Pero hubo un momento en el que algo empezó a no encajar. No fue un cambio brusco ni una decisión consciente. Más bien fue una sensación que aparecía de vez en cuando y que, poco a poco, se fue quedando.

Siempre he sido una persona curiosa. Me han interesado muchas cosas a la vez —la historia, la psicología, la forma en que vivimos, cómo nos relacionamos con los espacios— y durante mucho tiempo fui aprendiendo sin pensar demasiado en ello. Con el tiempo empecé a darme cuenta de que todo estaba conectado.

También empecé a fijarme más cuando visitaba casas, no solo en cómo eran, sino en cómo se vivían.

Cuando diseñaba, preguntaba muchísimo. A veces parecía casi un interrogatorio, pero no era por controlar el proyecto, era por entender de verdad cómo vivía esa persona. Qué necesitaba, qué le molestaba, qué echaba en falta, qué le hacía estar a gusto en su casa. Porque, en el fondo, eso es lo que realmente hay que diseñar.

Y ahí empecé a ver algo que antes no veía. Había casas muy bien resueltas, muy bonitas, muy pensadas… que, sin embargo, no terminaban de sentirse bien. Y otras mucho más sencillas que funcionaban de una forma natural, sin esfuerzo.

En ese proceso también empecé a mirar los materiales de otra manera. No desde la estética o la tendencia, sino desde lo que implicaban realmente. Y ahí sí hubo un punto de incomodidad.

No con las casas, sino con lo que había dentro de ellas.

Materiales que se habían normalizado y que, sin embargo, no me encajaban. Plásticos, resinas, espumas, ciertas pinturas… elementos que forman parte de muchos espacios actuales y que, a día de hoy, siguen sin parecerme coherentes en un lugar donde vivimos.

No es que no estén. Están en todas partes. Y no es que no me preocupen. Me preocupan mucho. Pero con el tiempo entendí que tampoco podía vivir desde la tensión constante ni desde el rechazo.

Se trata de otra cosa.

De tener criterio sin caer en el miedo.

También hubo momentos que me hicieron cuestionar más a fondo todo esto. No tanto por los materiales en sí, sino por lo que hay detrás. Decisiones empresariales, procesos, maneras de trabajar que, cuando las conoces, te hacen replantearte muchas cosas.

Ahí entendí que no todo vale. Y que, aunque muchas cosas se hayan normalizado, eso no significa que debamos aceptarlas sin más.

Supongo que ahí fue donde todo empezó a recolocarse. La mirada se volvió más amplia, más tranquila. Ya no tenía que ver solo con evitar cosas, sino con entender mejor cómo queremos vivir.

Y también con aceptar que no hay una única forma de habitar. Si alguien disfruta de un espacio muy estético, muy cuidado, casi como de revista, también está bien. Al final, es su manera de vivir.

Disspai Studio nace de ese punto. No de una idea concreta, sino de una forma distinta de observar. De empezar a mirar las casas no solo como espacios diseñados, sino como lugares que influyen en cómo nos sentimos, en cómo descansamos y en cómo vivimos el día a día.

Y de entender que habitar no es solo estar en un sitio. Es relacionarte con él.

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