Cuando digo que soy interiorista muchas veces recibo siempre el mismo tipo de comentarios.
“qué divertido, estarás todos los días de compras en tiendas de decoración, yo lo haría gratis…”
Y aunque la decoración forma parte del proceso, el interiorismo es algo bastante más profundo que elegir muebles o combinar colores.
Tiene que ver con cómo se vive un espacio.
Con entender qué ocurre dentro de él, cómo se mueve la gente, qué actividades se realizan, qué necesidades existen y cómo puede el espacio acompañar todo eso.
Durante años he visto espacios muy bonitos en fotografías.
Espacios perfectos para una imagen de revista o para una publicación en redes sociales.
Pero que, cuando empiezas a vivirlos, no funcionan.
Cocinas preciosas donde no hay suficiente superficie para trabajar.
Salones espectaculares donde es incómodo sentarse o moverse.
Dormitorios diseñados sin tener en cuenta cómo se utiliza realmente el espacio.
Son lugares pensados para ser mirados.
No necesariamente para ser vividos.

Cuando la mirada empieza a cambiar
Empecé muy joven en este mundo. Con quince años ya acompañaba a mi iaio a diseñar cocinas y a observar cómo se organizaban los espacios.
Con el tiempo estudié interiorismo y durante años trabajé en estudios de arquitectura y de cocinas. Me interesaba muchísimo todo lo relacionado con los espacios.
Iba a todas las ferias que podía.
Compraba revistas de interiorismo.
Libros.
Hacía cursos.
Me fascinaba aprender cómo se pensaban y se diseñaban los espacios interiores.
Pero con el tiempo empezó a ocurrirme algo curioso.
Algunos materiales empezaron a chirriarme.
Algunas decisiones de diseño me resultaban cada vez menos convincentes.
Y muchas veces veía espacios muy espectaculares que, cuando pensabas en vivirlos, no terminaban de tener sentido.
Fue entonces cuando empecé a mirar los espacios desde otro lugar.
A preguntarme no solo cómo se diseñan, sino cómo se viven.
Cómo influyen en nuestras rutinas.
Cómo condicionan nuestros movimientos.
Cómo pueden facilitar —o dificultar— la vida cotidiana.
De alguna manera, esas preguntas fueron el inicio de la mirada que hoy da forma a Disspai Studio.

La vida cotidiana como punto de partida
Para mí, diseñar un espacio siempre empieza por una pregunta muy simple:
¿Quién va a vivir aquí?
No es lo mismo una casa donde vive una persona sola que un hogar con una familia con niños.
No necesita lo mismo una vivienda donde se teletrabaja todos los días que otra donde la mayor parte del tiempo se pasa fuera.
Las rutinas, los horarios y las actividades diarias cambian completamente la forma en la que un espacio debería organizarse.
Por eso el diseño de interiores tiene mucho más que ver con observar la vida cotidiana que con seguir tendencias.
Funcionalidad antes que estética
Un espacio puede ser muy bonito y, aun así, no funcionar bien.
Cuando la funcionalidad no está bien pensada empiezan a aparecer pequeñas fricciones que se repiten todos los días.
Recorridos incómodos.
Falta de almacenamiento.
Espacios difíciles de utilizar.
Distribuciones que no acompañan las rutinas.
Con el tiempo esas pequeñas incomodidades terminan afectando a cómo vivimos el hogar.
Por eso, para mí, el interiorismo siempre empieza por entender el espacio, las personas que lo habitan y las actividades que ocurren dentro de él.
La estética llegará después.
Espacios pensados para las personas
Al final, diseñar un interior no consiste solo en decidir dónde colocar los muebles.
Consiste en pensar cómo se mueve la gente dentro de la casa, cómo utiliza cada estancia y qué necesita realmente para que ese lugar funcione bien.
Cuando un espacio está pensado desde ahí, muchas cosas empiezan a encajar de una manera mucho más natural.
Los recorridos son más cómodos.
Las actividades encuentran su lugar.
La casa deja de sentirse rígida y empieza a adaptarse mejor a la vida que ocurre dentro de ella.
Y muchas veces son esos pequeños ajustes los que terminan cambiando por completo la forma en la que vivimos un espacio.
